Un día cualquiera, un hombre común.
-Señora, ese es mi asiento.
-Lo siento pero yo me subí primero y no me voy bajar.
-Señora, este es mi asiento, vea en el boleto, ahí dice 22.
-No veo bien, y diga lo que diga, no me voy a mover, ya soy una mujer de edad.
El resto de la gente aparentaba no molestarse por el incidente, de hecho nadie aparecía para zanjar el problema. La impotencia no era menor en la cabeza de Marco, la mujer ostentaba prepotencia y patronaje, lo trataba con aires superiores. Marco trabajaba en una fábrica, y sin más estudios que los necesarios para leer y escribir, se había acostumbrado a ser el que recibe las ordenes y los gritos, una vida destinada a ser secundario. Le habían cerrado las puertas y escupido muchas veces, solo contaba con algunos momentos de poder, por ejemplo al comprar un pasaje de bus, su número, el 22, la edad que tenía cuando murió su padre, la edad en que se tuvo que hacer cargo de una familia, cábala estúpida, incluso para él, pero era la instancia para elegir, para ser libre.
-Señora, siempre viajo en este asiento, por favor, busque otro, el bus no está lleno.
-Busque uno usted, no sea roto, respeta a los mayores.
Probablemente Marco habría buscado otro asiento, pero no soportaba que esa mujer lo tratara de esa forma. “Respeta a los mayores” sonaba casi como “respeta a tus superiores, rasca, pobre, negro, quien eres tú para exigirme algo”. Marco trataba de contenerse y no gritar, trataba de mantener la cordura en una situación tan estúpida, discutir por un asiento, y con un bus que no está lleno. Podría sentarse en casi cualquier otro asiento, pero no, en su mente se repetía la idea de “pagaste por ese número, es tu numero, nadie tiene derecho a quitártelo, y menos por un caprichito de anciana”.
-Señora no me obligue a sacarla.
-Lo haces y llamo a carabineros y te vas preso por atacar a una mujer de edad, además que quedaras como un cobarde. Atacar a una vieja como yo.
Las cosas parecían salirse de control cuando el hombre que corta los boletos aparece, un muchacho flaco y diminuto. Al lado de Marco, insignificante, al lado de la mujer, pues el sirviente perfecto. Indudable que la parcialidad de este juez estaba clara desde el comienzo del pleito, el hombrecito podía reconocer a su dueña. Algo en su genética lo hacía disminuirse frente a los superiores, algo lo instalaba en la total sumisión.
-¿Qué pasa? ¿Algún problema?
-La señora se sentó en mi asiento.
-Yo me subí antes, tengo derecho sobre este asiento, vengo viajando ya casi una hora, y este joven se está subiendo recién, además es joven y se ve trabajador y vigoroso, no le debiera molestar el sentarse en otro lugar.
Hasta este momento, ya no era una pelea de a dos, el resto de los pasajeros tomaba palco y pasión, el bus no ha salido a la hora, y parece que tardara, no se puede partir cuando dos pasajeros están discutiendo, si bien con respeto (aparente respeto), también con bastante fuerza. Ahí es cuando aparecen las artimañas aprendidas con los años. En la lucha, la mujer cambia notablemente el tono de voz, antes era la patrona, altanera y humillante, ahora era la abuela, nadie podría llevarle la contra, nadie que haya tenido una abuela, una que haya querido, la dulce ancianita, la de cuento infantil, pura hipocresía.
-Señor ¿Por qué no se sienta en otro lugar? Al final son todos iguales, y así podemos partir.
Marco se le acerca al hombre, hablándole en tono lastimero, se mezcla la impotencia y la rabia, con vergüenza, hasta bajarse del bus había pensado -Compré el pasaje ayer, para irme en el 22 y no para sentarme en otro lugar, me gusta este asiento, siempre lo uso, y si alguien, quien quiera que fuera, se sienta en el, siempre actúa como alguien educado- Mira a la mujer –y busca otro asiento, no quiero ser yo el que busque otro asiento, me quiero sentar aquí ¿Cómo lo podemos arreglar?
La paciencia empezaba a colmarse, hay que reconocer que otra persona en su lugar habría explotado, pero Marco estaba llevando la situación como un caballero, otro habría colapsado ante las miradas de la gente del bus, ante la nula ayuda del hombre que corta los boletos y por supuesto, ante el desprecio ofrecido por esa mujer. Marco pensaba en las veces que tuvo que soportar abusos, cuando niño y sus compañeros se reían por traer zapatos y pantalones parchados, cuando adolecente y tuvo que soportar la vergüenza al llevar a sus parejas a una casa armada con desechos y en la periferia. Pero el peor momento fue su precoz adultez, y soportar empleos con jefes imbéciles, incapaces de ver a los empleados como humanos, tipos que no conocían la palabra empatía. Cuanta contención, cuanto abuso, cuantos momentos de silencio. Esta no podía ser una más de esas contenciones. No podía salir de ahí sin lo poco y nada que podía controlar en su vida, el asiento en el que viajaría a su hogar, el numero 22, la edad que tenía cuando cargó con el peso de la familia, hermanos pequeños y madre inútil con vocación de esclava. No podía aceptar que una mujer que ya ha vivido, que ha mandado, que ha humillado, se lleve una de las pocas cosas que le pertenece.
-Señora, le voy una oportunidad para que salga de mi asiento si no…
-¿Sino qué? ¿Me vas a golpear? No me extrañaría ese comportamiento, de un roto como tú, señor -diciéndole al hombre que corta los boletos –le exijo que baje del bus a este marginal. Deberían controlar la calidad de la gente que viaja en este línea, se está llenando de rotos, baje a este delincuente y partamos, apúrese.
Esas palabras, el desprecio y la frialdad, lo necesario para que un hombre tratado siempre con la punta del pie, sin amor, sin respeto, perdiera la compostura, esas palabras, marginal, delincuente, activaron los años de abusos, los años de maltratos, una sociedad indolente canalizándose en una violencia que estaba por explotar.
Sin aviso o mediación tomó a la mujer por los cabellos, y con la mano libre la abofeteó con rabia, el hombre que corta los boletos se abalanzó sobre los fuertes brazos, pero su físico no fue el suficiente para detener la golpiza, otras personas querían ayudar a la mujer, pero no había espacio para enfrentar a Marco, también hubo indiferentes, parecía que a la mitad de los pasajeros les hacia cierta gracia que golpearan de esa manera a la anciana. Marco no estaba dispuesto a detenerse, los golpes eran cada vez más duros, los gritos de la mujer podrían graficar una curva descendente, empezaron de manera muy suave, transformándose en gritos desesperados, para concluir en inaudibles lamentos. El rostro hinchado y sanguinolento, nariz quebrada, espacios vacios en la boca, la ropa ajada, y los nudillos de Marco llenos de sangre, la imagen perfecta para irse al infierno sin juicios ni trámites. Tomó a la mujer bajo su brazo, el cuerpo diminuto y quebrado era dócil frente a sus fuertes brazos, la mujer parecía pesar aire. Salió con ella del bus, ya la policía había sido alertada y lo esperaban en la estación, frente al bus.
-Suéltala, estas rodeado, no tienes nada que hacer, no tienes que seguir con esto, déjala ahora y entrégate, nadie quiere hacerte daño, aunque estamos dispuestos a usar nuestras armas si no la sueltas.
No decía nada, solo pensaba en que no podían seguir abusando de él. Traía a la mujer bajo el brazo, quejidos salían del pobre cuerpo, sin duda la anciana seguía con vida y con un trato rápido, los médicos podrían salvarla, pero Marco no pensaba en la salud de la mujer, solo pensaba en lo que le habían quitado y en las veces que lo pisotearon.
Los recuerdos le llenaban la cabeza, pensó en el momento que fue a verla, en un barrio que no le correspondía, cuando una patrulla lo detuvo y le pidió los documentos, este no los tenía –Apuesto que andas robando- así que lo subieron al carro, estuvo tres días en una celda, junto a criminales y prostitutas, de alguna manera la sociedad le estaba diciendo que ese era su lugar, al lado de la miseria, de los desechos. En ese momento la anciana golpeo el suelo, haciendo pensar al publico que todo había terminado, pero solo sucedió para cambiar el tipo de agarre con el que dominaba a la mujer, ya no la tenía bajo su brazo, ahora la sostenía firme de los pelos, amenazándola con patearla si trataba de soltarse. Todos los ojos sobre él y su víctima, todos los ojos, niños, mujeres, hombres impotentes, Marco estaba siendo libre y controlador, nadie podría humillarlo, nadie podría pasar sobre él. La vida de una mujer estaba en sus manos y nadie se atrevía a nada, veían en sus ojos las ganas de matar, hasta la policía, con sus armas, se sentía impotente, solo se limitaban a decirle con fuerza que la dejara a un lado y se entregara, pero Marco estaba vivo, por primera vez respiraba, no era elegir el asiento del bus, sino que era darle la oportunidad a alguien para continuar con su existencia.
En un instante miró a la mujer, la que parecía muerta, aunque respiraba.
-Todo esto se habría evitado si me hubiera entregado el asiento, ahora mire como ha quedado, yo no lo siento- y arrodillándose para hablarle de cerca –esto es solo su culpa.
Marco deja con mucho cuidado a la mujer y levanta las manos. Era la señal que esperaban algunos policías para acercarse con esposas mientras otros apuntaban con sus armas. Todo parecía haber terminado, todos respiran, se escuchan suspiros, todo era paz hasta que Marco gira nuevamente hacia la mujer, semiinconsciente, y con la misma furia desatada en el bus, empieza a propinar fuertes golpes de pie en la cabeza y el resto del cuerpo, la policía se abalanza hacia él, es brutal el forcejeo, Marco se sentía inmortal y todo poderoso, podría enfrentar a cualquiera.
Las manos se perdían, y ya eran varios policías sobre Marco, algunos golpes de palos y de botas, los puños también se perdían. En un intento por zafarse y en la confusión de los cuerpos, logra tomar el arma de servicio de uno de los policías, disparando a los bultos, la golpiza lo tenía parcialmente ciego y escuchando solo de un oído. Fue necesario un tiro para desatar el desastre. Una de tantas, certera, dio en la cabeza de Marco, lo primero fue intenso, luego rojo, para difuminarse en un profundo negro.
Habían terminado las humillaciones, el abuso, la violencia. Todo había terminado, rápidamente levantaron los cuerpos, ambulancias, gente de blanco, jueces y peritos revisando los lugares, los pasajeros esperaron otros buses, muchos decidieron no viajar y el terminal sufrió una gran congestión por carros de servicio y las zonas clausuradas. En el lugar solo los expertos y autorizados, nadie más habla, nadie conoce la historia de Marco, a la mujer la llevaron rápidamente a Santiago, a una clínica cordillerana.
-¿El tipo tiene identificación?
-No señor, no porta identificación.
-Típico de delincuentes como estos, uno menos.
-Pobre señora, ojala este bien, no sé qué tipo de bestia es capaz de hacer algo como eso.
-El tipo de bestia que termina con una bala en la cabeza, malditos delincuentes, nacen para esto, habría que exterminarlos a todos- deteniéndose un momento sobre el cadáver –Desgraciado, estas bien muerto.
-Sí señor, está bien muerto.
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miércoles, 4 de enero de 2012
Cuento La batalla de la escalera de Alejandro Alonzo
Hay hechos, sucesos que nos acontecen cuando niños que son y serán incondicionales compañeros, a modo de recuerdos, para el resto de nuestras vidas. Una de estas vivencias es la que les contaré. Pero para eso tendrán que saber algunas cosas.
Allá por el año 1987, con mi familia nos mudamos a lo que seria mi casa por el tiempo que duro mi infancia. La misma estaba a medio construir, por lo que se encontraban en ella elementos de albañilería, arena y cemento en bolsas por todas partes.
En aquellos días mis juguetes preferidos eran unos soldaditos de plástico que me regalaban, con generosa regularidad, mis abuelos y mi tía. Adoraba este pasatiempo tan serio para mí en esos años. Creo que en el último recuento de tropas, del que tengo un vago recuerdo, llegue a tener más de cuatrocientos.
El juego consistía en dividirlos en dos bandos, más o menos iguales, y uno enfrentaba al otro sobre algún terreno que denominaremos “CAMPO DE BATALLA”. La mayoría de las veces, estas verdaderas guerras se desarrollaban en un rincón de la terraza. Aquel que era conformado entre la pared de la medianera y el galponcito de las herramientas.
Parapetaba a uno de los bandos contra el rincón protegido por un macetón enorme que contenía un helecho. La base del macetón se había roto en la mudanza, y por uno de sus agujeros se escapaban hacía el piso, de baldosas rojas, las raíces de la planta. Estas formaban una especie de enredadera en las que tomaba refugio el ejército defensor. El otro, el que se denominaba atacante o invasor, se dividía a su vez en dos partes: una, frente a la pared más cercana al galponcito y la otra, venia avanzando por la pared más cercana a la medianera.
El preparativo de la batalla me llevaba, quizás, la mañana entera del sábado, día que se utilizaba para las aventuras bélicas.
Una vez presentados los dos ejércitos frente a frente, el uno en un rincón escondido entre las raíces del helecho, las salientes de las baldosas y algún que otro montoncito de arena. Este era traído desde los confines del mundo conocido – generalmente el eterno baño de adelante, el cual se tardó varios años en terminar- y el otro ejercito era posicionado en forma de cuarto de circulo. De esta forma se daba comienzo al combate abierto.
No era de esos chicos que tomaban a un soldadito y emitiendo ruidos onomatopéyicos iba matando enemigos, cual Rambo en el bosque contra los policías, no. Siempre esos pibes me parecieron poco idóneos para el juego de la guerra de soldaditos. Mi juego tenía otro desarrollo, había algo que lo tornaba más interesante, más real. Había un elemento técnico añadido al juego que lo hacía, si se quiere, más peligroso. En un principio era una gomera con orquilla de acero y bandas de goma, esas que se usan para hacer las nebulizaciones, con la que el ejército sitiador bombardeaba al sitiado. Los combatientes que perdían el equilibrio, ya sea tocados por un impacto directo del proyectil arrojado o arrastrados por otros soldados que volaron tras el golpe, eran los muertos. Los primeros muertos por la explosión y los segundos por la honda expansiva que esta produjo.
Luego de varios combates tuve que cambiar de arma. Reemplace la gomera por un elemento de ataque más preciso. El rulero, el globo y las municiones pasaron de ser piedritas a lentejas o porotos, robados de la armería general –la cocina de mamá-.
Esta arma se construye de la siguiente manera:
Se toma un rulero, de los grandes, y en uno de los extremos se coloca la boca de un globo. Por la abertura del otro extremo del rulero se deja caer el proyectil a utilizar. Con los dedos índice, pulgar y mayor de una mano se sujeta el proyectil que ya se debe encontrar en el fondo del globo, y se estira haciendo blanco con la otra mano que se sujeta el rulero. Se suelta el globo cuando se ha estirado lo suficiente y se produce el arrojo violento de lo que pasaremos a denominar “bala” – lenteja o poroto-.
Este cambio hizo que el juego se tornara mas interesante y menos peligroso, ya que con la gomera una vez, tras un rebote asesino en el maceton del helecho, casi me saco un ojo.
Generalmente ganaba el ejército invasor, por que me era muy difícil hacer blanco para bombardear al ejército sitiador desde el rincón. O sea, tiraba desde un bando y luego, sin solución de continuidad, tiraba desde el otro. Y la mayoría de las veces, cuando llegaba la hora de comer, el bando acorralado ya había perdido el equilibrio en todos sus integrantes, lo que decretaba el fin de la batalla. Juntaba los guerreros plásticos y bajaba a comer para luego ver, por canal 11, “Sábados de superacción”.
Pero una semana, habrán sido los primeros días de Julio, mientras estaba en la escuela – creo que en la hora de Lengua-, pensé que era injusto que siempre cayeran vencidos los mismos. Entonces, ahí comenzó, en esa vaga idea, “LA BATALLA DE LA ESCALERA”.
Era claro que hacía que el ejército de la maceta siempre fuera el vencido, los opuestos lo rodeaban y tomaban posición ventajosa en el campo de batalla, y las hostilidades comenzaban cuando el bando intruso ya se había afianzado en el terreno.
Pero los invasores ¿de donde venían? ¿No tenían, acaso, su propia maceta? Ese día al volver de la escuela dividí a los dos ejércitos en partes iguales. A unos los atrinchere entre las raíces de la planta y a los restantes en la base de la escalera que lleva a la terraza, junto al final de la canaleta ubicada al lado de la rejilla del patio, y así quedaron esperando la contienda bélica.
Llego el sábado y luego de desayunar entre en combate, los que serian aqueos estaban en la base de la escalera, junto a la rejilla. Comenzaron a avanzar, la infantería fue primero abriendo el paso. Esto fue hasta cierto punto, pues la vanguardia no se debía alejar demasiado del resto del ejército. Se estableció un campamento de combate en la mitad de la escalera. Entonces comenzó el transporte de tanques, cañones, blindados y municiones. Cuando estábamos en medio de todo ese movimiento, cayó sobre nosotros un fuerte bombardeo desde la cima. En el primer ataque perdimos varios hombres. Tiraban desde el primer escalón, contando la escalera de arriba hacia abajo. Nuestra artillería respondió rápidamente, fuerte y en orden, pero las posiciones que ocupábamos no nos permitían hacer blanco. Las balas pasaban sobre el primer escalón, en tanto que ellos desde arriba nos estaban masacrando. Perdimos varios cañones y casi toda nuestra vanguardia. Había que tomar una decisión y rápido o aquellos ocupantes de las raíces del helecho tendrían una victoria total. Estábamos confundidos, nosotros éramos los aqueos y ellos los troyanos, no podíamos perder. Por lo menos era así como Homero lo había contado, según mi papá.
Las lentejas silbaban sobre nuestras cabezas y la canaleta despedía ruidos terribles, si hasta parecía que se escuchaban gritos de mujeres horrorizadas.
De repente, con la rapidez de un relámpago, los soldados de la terraza bajaron un escalón. Fueron pocos, todos infantes, pero alcanzo para desatar el terror en nuestras primeras líneas. Se ordeno retroceder y para cubrir la retirada de nuestra vanguardia, o lo que quedaba de ella, comenzamos un bombardeo a discreción desde nuestra artillería. Incluso comenzamos a tirar con munición gruesa –pasamos de lentejas a garbanzos- Y ahí fue cuando se produjo el hecho que decreto la retirada y el fin de la batalla. Aquellos troyanos, habitantes de las alturas de la casa nos bombardearon con la munición más gruesa que por aquellos días existía en la armería general –porotos tipo alubia-. Esa lluvia del infierno nos hizo perder toda la artillería y nos retiramos en desbandada. La batalla había sido larguísima, ya había pasado el mediodía pero aun quedábamos muchos en equilibrio cuando escuchamos la voz de lo que imaginábamos seria su general, o por lo menos el porta voz de los altos mandos del ejercito dominante de aquella infernal y siniestra guerra…
-¿cuando salen de la escalera?, ¿no tuvieron suficiente?
¡TERRIBLE! Nos incitaban a la rendición… ¡JAMAS! .Entre nuestras filas se producían discusiones, algunos se querían entregar, otros luchar hasta perder el equilibrio, quedan algunas lentejas todavía decían otros. Hasta que nos atacaron de nuevo. Pero esta vez desde la retaguardia, desde el patio y el primer escalón. Lo que sucedió fue que mientras discerníamos que estratagema utilizar, si rendirnos o salir al campo de batalla y que el diablo eligiera a los suyos, algunas unidades del enemigo tomaron posición en la base arrojándose en paracaídas desde la terraza, cayendo en el patio –los paracaídas eran raros, hechos con bolsas del “Supercoop” y del “Hogar obrero”-.
En medio de aquella tragedia volvimos a escuchar al porta voz enemigo. Definitivamente era el porta voz y no su general, ya que el tono de voz respondía a caracteres femeninos, lo que le sumaba mayor humillación a la derrota.
-¡LES DOY UN MINUTO O VUELA TODO!
No sabíamos que hacer, el tiempo pasaba y cada vez caían más de los nuestros y nosotros ya no podíamos ni tirar. Hasta que se acabo el tiempo, una ola enorme nos arraso a los pocos que quedábamos en equilibrio junto con los muertos que venían arrastrados desde los primeros escalones. Hasta sus propios soldados que se encontraban en la base fueron desaparecidos. Tambien se perdieron muchos que fueron tragados por la rejilla del patio para nunca más saber de ellos.
Lo último que recuerdo de “LA BATALLA DE LA ESCALERA” es a mi vieja, parada en el primer escalón de arriba, sacudiendo las últimas gotitas del fuenton de la ropa diciendo…
-¿Cuantas veces te tengo que decir que te retires de la escalera?
“Nunca se olviden que fueron chicos, por que el tiempo lo destruye todo, se alimenta de desencuentros y jamás deja a nadie como era, se lleva a personas queridas o hace que dejen de serlo. Por eso no dejemos que se lleve nuestro momentos mas puros”
Alejandro Alonso
domingo, 25 de diciembre de 2011
Erebos de Ursula Poznanski
En una escuela de Londres circula un misterioso juego informático llamado Erebos. Copias piratas pasan secretamente de un alumno a otro provocando una fuerte adicción entre los estudiantes. Las reglas son muy estrictas: debes jugar siempre solo, tienes una única oportunidad y no puedes hablar con nadie sobre ello. Quien no las cumple o no termina una misión se queda fuera y no puede volver a intentarlo. Solo hay un pequeño inconveniente: Erebos es mucho más que un simple juego informático y las pruebas que exige no deben ser realizadas en ese escenario sino en la vida real. El límite entre la realidad y el mundo virtual empieza a desaparecer peligrosamente? Si estás dentro serás cómplice. Si estás fuera, no podrás evitar lo peor.
sábado, 24 de diciembre de 2011
Cell de Stephen King
Día 1 de octubre: Dios está en los cielos, la bolsa está a 10.140, la mayoría de los vuelos llegan a tiempo y Clayton Riddell, un artista de Maine, casi salta de alegría por Boylston Street, en Boston.
Acaba de firmar un contrato para ilustrar un cómic que le permitirá mantener a su familia con su arte en vez de tener que dar clases. Ya ha comprado un regalo pequeño (¡pero caro!) a su sufrida mujer y tiene claro lo que va a regalar a su hijo Johnny. ¿Por qué no algo para sí mismo? Clay presiente que todo va a ir mejor a partir de entonces. Pero bruscamente se trastorna todo: se produce una devastación masiva, causada por un fenómeno que más adelante llamarán El Pulso, que se reproduce a través del teléfono móvil. De todos los teléfonos móviles. Clay junto a unos cuantos supervivientes desesperados, se encuentra arrojado a una edad oscura, rodeados por el caos, la hecatombe y una masa humana degradada a su estado más primitivo.
Parece que no hay forma de escapar a esta pesadilla. Sin embargo, una flecha indica a Clay el camino de su casa en Maine; mientras él y sus compañeros de viaje avanzan entre escenas espeluznantes hacia el norte, empiezan a ver los crudos signos que confirman la dirección: KASHWAK = NO-FO. Una promesa, quizás. O una amenaza.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
La Edad de Hierro de J.M. Coetzee
"una mujer madura, condenada a muerte por un cáncer de huesos, escribe una larga carta a su hija, quien vive en E.U.A. alejada del infierno en ql que se ha convertido su país natal y residencia de su madre: Sudáfrica, un escenario escabroso bajo el régimen del apartheid.
El día en que la protagonista regresa del médico con pésimas noticias, descubre a un vagabundo negro refugiado en su cobertizo, y así comienza una relación íntima y ambigua. Ni amigos ni amantes, ambos personajes se acompañan en una etapa personal e histórica especialmente dura".
domingo, 18 de diciembre de 2011
Memorias del Águila y el Jaguar de Isabel Allende
Alex Cold es un adolescente común y corriente, y su vida transcurre sin novedades, hasta que es enviado a vivir con su abuela mientras su madre enfrenta un duro tratamiento médico para el cáncer. Claro está, no se trata de cualquier abuela. Kate Cold es una reportera para el International Geographic, y su reencuentro con su nieto se convierte pronto en una expedición al Amazonas en búsqueda de las “bestias”, una versión tropical del Yeti. Al llegar a la selva, Alex traba amistad con Nadia Santos, una extraña niña que siempre anda acompañada de un mono, y que naturalmente posee la habilidad de hablar con los animales. Pronto, Alex y Nadia se ven involucrados en una conspiración de genocidio, y con una serie de eventos casi mágicos involucrando espíritus, criaturas milenarias y animales totémicos.
“La Ciudad de las Bestias” es el más aceptable de los libros de esta trilogía. Aunque impositiva en cuanto a sus ideologías, repleta de clichés y estereotipos, y con héroes un tanto desabridos, la historia involucra un par de sorpresas que resultan más o menos entretenidas.
“El Reino del Dragón de Oro” es mucho menos afortunado. En este caso, justo tras regresar a casa, primero habiendo utilizado los elementos adquiridos en la selva para beneficio de su madre, Alex se autoinvita a una nueva expedición de su abuela, en este caso, al Reino Prohibido, en el Himalaya, ahora con la intención de fotografiar a los Yetis originales. Kate aparentemente recibe muy buena paga, y es bastante dadivosa, pues invita a Nadia a acompañarlos en este viaje laboral. Su visita al Reino Prohibido se ve opacada por un tragicómico dúo, el “Coleccionista” y el “Especialista”, empecinados en hacerse de el legendario dragón de oro, una valiosa estatua con grandes poderes espirituales, y en la que Alex también está interesado porque contra el cáncer, un talismán mágico más nunca sobra. Alex y Nadia se topan directo con una conspiración de homicidio, y cruzan caminos con una raza de criaturas milenarias, espíritus, salvajes medio ineptos, un monje budista y su pupilo en la más pura tradición del “pequeño saltamonte”. En este caso, el personaje conspirador es bastante evidente desde el inicio. Los elementos y giros sorprendentes del primer libro son sobreexplotados en esta segunda entrega, con Nadia y Alex haciendo extensivo uso de sus animales totémicos y sus inexplicables habilidades para salir de apuros sin necesidad de usar dos neuronas.
Al llegar a “El Bosque de los Pigmeos” existe poco espacio para sorpresas. Repitiendo la misma fórmula, pero sin equivalentes africanos para el Yeti, Alex y Nadia se invitan a la nueva expedición de su abuela. Su safari en Africa se ve interrumpido por un misionero que los convence de ayudarle a internarse en plenos dominios de un ambicioso dictador y sus asistentes, un implacable militar y un temible hechicero. Nadia y Alex se ven pronto involucrados en una conspiración de explotación, y cruzan caminos con una tribu milenaria de pigmeos oprimidos, espíritus, y hechicería. Claro está, a esta altura, Alex, Nadia y el lector mismo ya no se sorprende de ninguno de estos eventos. La transmutación, invisibilidad, telepatía, comunicación con los animales, son ya actividades tan naturales como respirar, así que los chicos no tienen ningún problema para enfrentarse contra estas adversidades. La identidad y verdadera naturaleza del villano de la historia es completamente predecible desde el primer capítulo. Y el final, en semejanza de una producción teatral de Broadway, arroja a todos los personajes habidos y por haber, junto con la mesa de la cocina y las tazas de té, apareciendo triunfalmente.
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